El guaje

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Verano hermoso, lúcido, verde y americano. Americano porque vinieron de Nueva York los primos de mi primo. Estos y yo tendríamos la misma edad, pero el alma distinta. Porque, mientras yo buscaba la forma de eliminar aquella pesada daga que suponía no haber perdido la virginidad todavía, ella ya lo había hecho… y él también, y todos también. Por lo visto, el único, que todavía no, era yo, pero los demás amigos de mi primo sí, de un modo u otro, y, claro, ¿cómo no lo iban a haber hecho, si me sacaban cinco años? Soy el guaje.

El pueblo es así, y si es minero, mucho más. Terminan las faenas y se va a lo práctico: beber, hablar, reír y follar o pelear. Queda poco tiempo para preguntarse por el sentido  de aquello, si no está acompañado de la vuelta a casa andando desde un cercano pueblo en fiestas con una borrachera inmensa de por medio… la mía, que los demás lo habían hecho ya, que me sacaban cinco años, que ya no eran vírgenes, ni tampoco eran ya carne de cañón del alcohol inyectado en vena con mangueras de cristal directas al gaznate.

Que yo era virgen y que me emborrachaba con solo oler el cubata, lo sabía yo y él que me tenía que cuidar, pienso yo, también… y los dos. Y allí estaban los otros, los primos de mi primo, los americanos. Ella y él. El, un crio salido de un anuncio de pantalones Tergal de los sesenta, y ella, con trece años como yo, salida del reparto de West Side Story, medio cubana y medio asturiana. Y sexy, tan sexy como te puede llegar a poner la mujer mestiza, cuando juega al baloncesto con esa camiseta ligera y aquellos pantalones cortos ajustados y sientes como te toca y se pega a ti para ponerte más difícil la entrada a canasta. Pero, ojo, hasta ahí. Que es la prima de mi primo, y él me cuida, pienso yo.

Y allí, en la trastienda de la librería donde trabaja mi primo, el primer botellón de los tres juntos. Por la mañana, él y yo de palique, animandonos a cogernos un pedo. Me dice que hace mucho calor, que compre una botella de Fanta de limón porque él ya tiene una de ron y que después de cerrar la librería nos metemos en el almacén y nos cogemos el puntillo y nos vamos luego de juerga por el pueblo. Y yo, por la tarde, que llego con la botella y veo que ella está ahí: simpática y sonriente como siempre, con su pelo corto ensortijado y la ortodoncia puesta, esa con la que los dentistas norteamericanos obligan a cumplir el undécimo mandamiento: “tu sonrisa será perfecta”.

Y mi primo, con cara de fastidio, cierra el negocio y nos metemos a beber en el almacén de la trastienda. Y mezclamos el ron y el limón y hablamos y nos reímos y yo que veo que el alcohol se me sube y me subo a lo alto de una pequeña escalera metálica desde la que se alcanzan  los libros de los estantes más altos y, según me siento en el último peldaño, ella que serpentea también por la misma y sus manos que empiezan a buscar la punta de mi martillo de picar y mi boca que no le hace ascos a la ortodoncia, ni a sus dientes firmes, grandes y perfectamente rectos, cuando su lengua busca por sorpresa y con codicia la mía.

 Y yo, que veo como la cara de mi primo, el que me saca cinco años, el que debería cuidarme, pienso yo, se llena de fastidio. Que aquello no le cuadra y que a mí tampoco. Que ella está borracha y yo también, pero menos, mientras la versión del pulpo va cambiado de género para llenar de pulpa la sed de mi ansia. Y besos, morreos, y más morreos… y como me gusta. Y mi primo, sí, ese, el que debía cuidarme, pienso yo, y que me debía enseñar como un maestro, que para eso me saca cinco años más,  los pasos que debe dar un neófito a la bella vida adulta, se va encabronando más y más, y se quiere marchar.

Y que se va, pero no a ver a sus colegas, ni a salir de marcha con los mineros que estén rezagados y quieran salir de borrachera, aunque mañana tengan que partirse el espinazo con el taladro, ese que deja las entrañas de la tierra como las entrañas de la muyer… no. Porque él ha decidido que se va a casa porque está todo revirado y se marcha. Y ya está. Y cerramos la librería y él se larga por un lado y nosotros por otro. Y ella, que me pregunta que a dónde vamos, y yo, que no sé que responder. Porque mi mente tira para su casa, que mi primo se ha enfadado, y mi cuerpo pide que para cualquier prado donde poder dejar de tener la daga que tengo sobre el cuello. Y tira más el cuerpo que la mente, pero.

Y allí están ellos… los dos, bajando rápido por la escalinata de la casona. El, aún ágil y joven, tiene setenta, y con todo su pelo moreno y rizado en perfecto estado y en su sitio, y él, con cinco años más que yo y el deber de cuidarme, pienso yo, y de enseñarle a este neófito lo bello de la vida que le espera, a su lado. Y aquello que yo esperaba de él, lo tiene él en su abuelo. Este, que le ha enseñado a su nieto lo bueno y bello de la vida que le espera, ha visto como ha ido a buscarle para devolver al redil a su nieta americana. Y  el joven anciano minero, cogiéndola de la mano, me la arrebata y la lleva en volandas de vuelta a su guarida. ¿El guaje delincuente?

Perdí la virginidad, mas tarde me di cuenta.

Orofino33

@orofinosincausa 

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