España-Francia: La mirada del aguila

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Los franceses tienen una palabra para definir perfectamente lo que es un encuentro entre dos naciones que se odian desde tiempos inmemoriales. Al partido del seis naciones de rugby entre Francia e Inglaterra le llaman Le Crunch. Es un partido con mucha parafernalia y que prolonga lo enfrentamientos bélicos que han tenido estos dos países que no han dudado en pegarse cuando les ha venido en gana, pero que tampoco han dudado en aliarse cuando les ha interesado. Crunch en ingles significa crujido y en francés no significa nada. Pero por extensión se emplea para definir el momento crucial, el momento absoluto, en el que se enfrentan estas dos naciones y el mundo debe quedar paralizado porque no solo se enfrentan los dos mejores equipos del hemisferio norte, sino porque el enfrentamiento transciende.

Y hay un himno que suele poner los pelos de punta en estos enfrentamientos porque está en el inconsciente colectivo. Ese himno lo sabe tatarear todo el mundo en cuanto ha visto Casablanca. Ver como los aliados se enfrentan a los nazis, en medio de un café perdido en el Marruecos más cosmopolita de la segunda guerra mundial, para derrotarles con solo la fuerza de la palabra y de la música se queda grabado para siempre. A partir de ese instante comprendes el significado de las palabras igualdad, libertad y fraternidad. Hasta que llegas a los inicios del partido de ayer y ves que las palabras escritas en la Marsellesa ya no significan lo mismo. Porque no es lo mismo oír como una de las estrofas, «Marchemos, hijos de la patria. Que ha llegado el día de la gloria. El sangriento estandarte de la tiranía está ya levantado contra nosotros. ¿No oís bramar por las campiñas a esos feroces soldados? Pues vienen a degollar a nuestros hijos y a nuestras esposas”, se espeta en la cara directamente a los malvados nazis de Casablanca, que a los hijos, sobrinos y nietos de las chachas que fueron a servir a Francia porque aquí no había trabajo o de los exiliados de la guerra civil que tuvieron que esperar en aquellos terribles campos de refugiados a que se declarará la segunda guerra mundial y pudieran entrar en Francia de pleno derecho (pero no por todo el morro, sino a ser carne de cañón). Y después de ver como cantan todos los jugadores, menos Parker (quizás porque nació en Brujas), y todo el estadio su himno nacional a voz en grito y modulado perfectamente para transformarlo en un himno que haga temblar la piernas del oponente, al igual que los de Nueva Zelanda hacen con su Haka, te quedas un poco… así.

Una vez que tienes la cabeza un poco así ante esa canción, y ante esa demostración de poderío vocal de 27.000 espectadores, entonces suena nuestro himnito, que no tiene letra y apenas tiene música porque guarda detrás de él muchas vergüenzas de un pasado no tan lejano, que se intenta tapar como si aquí no hubiera ocurrido nada. Y piensas que lo mejor será levantarse del sofá e ir a la cocina a por una cerveza hasta que de refilón ves que la mirada de Gasol, que se ha colocado el primero en la fila para que se le vea bien, es distinta, aunque no diferente para los que le hemos seguido durante estos años, si acaso más intensa. Y la ves a través del televisor y te quedas a oír el himno porque sabes que tienes un líder delante que te va a llevar a la victoria. Y el himnito se transforma en melodía y la melodía en una canción, que ahora acompaña la letra de los recuerdos de los grandes triunfos logrados desde 2006 a través de la mirada de Pau Gasol. Es entonces, cuando tienes la certeza de que el águila no está en la tierra, sino que se ha elevado y esta sobrevolando el estadio. Y barruntas que algo va a pasar, pero no sabes bien que es.

Lo bueno es que, lo que tú has visto, lo han visto los casi 27.000 espectadores. Porque por la forma del estadio, que tiene a todo el conjunto de aficionados franceses en un lateral y enfrente tienen dos pantallas gigantescas para que no pierdan detalle, todos los que estaban allí han visto esa mirada y han sentido lo mismo. Y ahora saben que algo, que transcenderá, va a suceder. Quizás por eso, cuando comenzó el partido, los franceses volvieron a cantar de nuevo y a capela la Marsellesa. Un cantico que no produjo  en su selección el efecto deseado porque, para cuando terminaron de cantar, nuestra selección ya había marcado el territorio y, al igual que Jack Nicholson en la película Lobo, en la que en un momento dado el bueno de Will Randall entra en los servicios para mearse en los zapatos del malo de Stewart Swinton (Jack Spader) y marcar su territorio; nosotros ya habíamos meado nuestra zona marcando nuestro territorio en el estadio. Porque al ponernos en zona, la cual, más allá de su componente estratégico, buscaba un efecto psicológico, ya que, si no recuerdo mal, en un partido de la selección francesa un equipo (no se cual porque tengo mala memoria) se había colocado en zona y los comentaristas franceses se habían puesto histéricos porque habían considerado que eso era menospreciar a su imbatible selección; nos meamos en sus zapatos marcando un territorio diferente por inusual. Porque en un partido anunciado a bombo y platillo como un combate, tanto aquí en España como allí en Francia, y en el que se suponía que las acciones iban a ser individuales, de poder a poder, entre cada uno de los integrantes de los equipos y sus pares, Scariolo les colocó en una zona de ajustes y les dijo que de NBA nada. Baloncesto a la europea y a la antigua usanza. Y si tiemblas cada vez que tires porque estas ante 27.000 espectadores es tu problema, no el mío.

Bien por Scariolo, que supo ver que el partido se iba a jugar en las trincheras de lo psicológico. Un lugar al que los franceses no quieren bajar porque sus estrellas Parker y Batum no saben qué hacer en ellas y a las que Scariolo les obligó a bajar para dejar claro que la iniciativa estratégica la llevaría la selección, obligando a Colet a resetear su programa porque no lo traía preparado.

Y cuando has visto que la zona permite llevar la iniciativa estratégica y que el partido va más o menos encarrilado, a pesar de que en algunos momentos se jugara ocho contra cinco, con algunos altibajos y que estas más o menos a gusto viendo el desarrollo del encuentro, entonces el experto en cetrería que es el Chacho le dice al águila que baje, que hay que empezar a cazar. Y el águila baja y, machacando a pase de Chacho,  transforma en lobo a la selección y vuelve a marcar territorio para volver a subir a lo alto del pabellón. Y cuando  el águila determina que “YA” ha llegado el momento definitivo para atrapar a su presa y cazarla, es entonces cuando Gasol se transfigura y vuelve a ser aquel muchacho imberbe que se marcho a Memphis con una mochila, y con toda la alegría del mundo, y que después de unos instantes titubeantes le hizo un mate “in your face” a Kevin Garnett para que en vez de enterarse el novato de lo que era la NBA se enterase la NBA de lo que era Gasol.

A partir de aquí es imposible que puedas perder. Jamás. Jamás. Jamás.

PD: En el juego de soberbias, en que se han transformado los España-Francia, el crujido lo sufre el que mas soberbia tiene. Si nosotros en el Mundial pecamos de soberbia al despreciar a Francia para irnos de fiesta, los franceses han pecado de soberbia al pensar que una canción y un estadio les iban a permitir ganar un torneo.

Orofino33

En twitter @orofinosincausa

Un comentario en “España-Francia: La mirada del aguila

  1. Aclaracion : no puedo permitir que nadie insinue que nuestro himno es propiedad de una parte de ciudadanos de este pais, o que lo inventó un dictador. Nuestro Himno se llama : MARCHA GRANADERA, y se creo sobre 1740 , sin letra cierto, para que? ?. Lo que hay que hacer es sentirlo no cantarlo. Además a mi me parece que las letras están sobrevaloradas, son arcaicas todas, y no dejan de hablar de luchas, sangre y demás gilipolleces que hoy en día en el mundo medio civilizado no se dan.

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